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En los años ochenta surgió
en Madrid una generación de músicos herederos
y negadores a la sazón de clásicas sagas anteriores.
Aparecieron en el momento menos oportuno para los cantautores,
cuando sobre estos pesaba el estigma de sus métodos
y de sus virtudes como una losa imposible. Entre estos jóvenes
valores se situó desde el comienzo y muy en primera
linea Javier Bergia. Sus canciones, de la ironía a
la pasión, del romanticismo al humor, del distanciamiento
al compromiso, siguen proclamando un mundo razonable, un universo
sonoro que destila melancolía, asumiendo de manera
sencilla y nada forzada todos los géneros. Nadando
contracorriente, Bergia ha demostrado ser un bálsamo
frente a la vulgaridad, un corredor de fondo cuya soledad
es cada vez más relativa.
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